
El artista desprendiéndose de los limitantes condicionamientos sociales, culturales o comerciales, intuitivamente, obedeciendo a un impulso creador independiente, penetra, sin normas, señales o caminos en su íntimo ámbito emocional, extra-real, en el que reside su creación. Tras ese extraño salto desde lo externo y visual a lo subjetivo o mental, incluye sus sentimientos en sus obras, poseyéndolas o siendo poseído por ellas. Por haber sido creados en total libertad, sus lienzos o pentagramas sirven un soberbio menú estético para ser degustado por admiradores sensibles. Los colores, arrojados sobre el papel o el lienzo forman
desordenadas imágenes que, tras adueñarse del blanco espacio enmarcado, transforman al artista en el privilegiado primer espectador e intérprete de los ritmos musicales o pictóricos que emergen de los instrumentos o lienzos: cuerpos, cabezas, crucifixiones, retratos imaginarios...